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De desastre en desastre... ¿cuánto hemos aprendido? Recurso electrónico

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En: Diálogo Nueva época, Año 5, número 46 (enero 2006)Nota de acceso: Acceso en línea sin restricciones Resumen:
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Hace cinco años publicamos un diálogo titulado A dos años del Mitch, el compromiso pendiente: la gestión del riesgo ante desastres como política integral (Nos. 10-11, Nov.-Dic.2000). Mencionabamos en esa publicación el interés coyuntural por el tema de los desastres; es decir, que dicho interés se generalizaba después de ocurrir un evento de gran magnitud y, luego, sólo algunos especialistas seguían preocupándose por ello. Estos empujes periódicos hacia una mayor atención de desastres a raíz de grandes impactos, originaron en el pasado nuevas instituciones, como el Comité Nacional de Emergencia (CONE), después de los estragos que causó el huracán Francelia en 1969 o el Comité de Reconstrucción Nacional (CRN) después del terremoto del 4 de febrero de 1976, ambos de corte militar.1 No se trató de impulsos que correspondieran a una política sustentada, pues una vez concluida la fase de emergencia y recuperación, se estancaron las iniciativas frente a otros problemas "más urgentes" que atender. Prevaleció así el concepto según el cual, los desastres son situaciones excepcionales, y que como el próximo está aún lejos, será responsabilidad de futuras autoridades.

Esta actitud de preocupación meramente coyuntural y/o momentánea frente al riesgo de desastres ya no puede mantenerse más. Y ello, tanto por parte de las autoridades gubernamentales, como de la sociedad civil, del sector privado y de la mayoría de la población que vive en riesgo. Al parecer, andamos últimamente de desastre en desastre, tendencia que va en aumento desde la década pasada, como lo confirman los Informes mundiales sobre desastres de la Cruz Roja Internacional y otras publicaciones. Guatemala no es la excepción, todo lo contrario; en efecto, principalmente desde la segunda mitad de los años noventa, los datos recopilados sobre desastres en el país demuestran un incremento sustancial en su frecuencia e impacto. Y no sólo se trata de desastres de gran magnitud (como el ocasionado por el Mitch y ahora Stan), sino ante todo, de cientos de desastres locales que ocurren anualmente: las inundaciones y deslizamientos en la época de lluvia y las sequías e incendios forestales en la temporada seca se han convertido en manifestaciones de riesgo cotidianas.

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Hace cinco años publicamos un diálogo titulado A dos años del Mitch, el compromiso pendiente: la gestión del riesgo ante desastres como política integral (Nos. 10-11, Nov.-Dic.2000). Mencionabamos en esa publicación el interés coyuntural por el tema de los desastres; es decir, que dicho interés se generalizaba después de ocurrir un evento de gran magnitud y, luego, sólo algunos especialistas seguían preocupándose por ello. Estos empujes periódicos hacia una mayor atención de desastres a raíz de grandes impactos, originaron en el pasado nuevas instituciones, como el Comité Nacional de Emergencia (CONE), después de los estragos que causó el huracán Francelia en 1969 o el Comité de Reconstrucción Nacional (CRN) después del terremoto del 4 de febrero de 1976, ambos de corte militar.1 No se trató de impulsos que correspondieran a una política sustentada, pues una vez concluida la fase de emergencia y recuperación, se estancaron las iniciativas frente a otros problemas "más urgentes" que atender. Prevaleció así el concepto según el cual, los desastres son situaciones excepcionales, y que como el próximo está aún lejos, será responsabilidad de futuras autoridades. Español

Esta actitud de preocupación meramente coyuntural y/o momentánea frente al riesgo de desastres ya no puede mantenerse más. Y ello, tanto por parte de las autoridades gubernamentales, como de la sociedad civil, del sector privado y de la mayoría de la población que vive en riesgo. Al parecer, andamos últimamente de desastre en desastre, tendencia que va en aumento desde la década pasada, como lo confirman los Informes mundiales sobre desastres de la Cruz Roja Internacional y otras publicaciones. Guatemala no es la excepción, todo lo contrario; en efecto, principalmente desde la segunda mitad de los años noventa, los datos recopilados sobre desastres en el país demuestran un incremento sustancial en su frecuencia e impacto. Y no sólo se trata de desastres de gran magnitud (como el ocasionado por el Mitch y ahora Stan), sino ante todo, de cientos de desastres locales que ocurren anualmente: las inundaciones y deslizamientos en la época de lluvia y las sequías e incendios forestales en la temporada seca se han convertido en manifestaciones de riesgo cotidianas. Español

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